Bartol: “Proporcionalmente, hemos hecho más en cuatro meses que el FA en 15 años”

El ministro de Desarrollo Social quiere que la gente sea más feliz. Creó 400 nuevas plazas en “dispositivos” e inaugurará 200 más en agosto.

Pablo Bartol dice que tiene 53, pero enseguida se corrige: 54. Le quedó el 53 porque cuando se enteró que había fallecido un indigente por hipotermia con 53 años, pensó «tenía mi edad». A Bartol, un hombre sensible, le afectan estas cosas. Y se ha consustanciado tanto con los casos que ha tenido que atender él mismo en la puerta del Mides, que termina somatizando, y debe apelar a fármacos para poder controlar la acidez y el reflujo.

Bartol, numerario del Opus Dei, nunca tuvo un conflicto con Dios. Llegó a esa institución religiosa por querer emular a referentes barriales que idolatraba. Minimizó los sacrificios que debía hacer, y siguió ese camino que le indicó Jesús. Hoy, dice, no se arrepiente de haber elegido ese camino. Aunque a veces, sí, se pregunta quién lo mandó a él aceptar el cargo de ministro de Desarrollo Social.

El ministro calificó de declaraciones «poco felices» las de la directora del Mides de Florida -que dijo que conocía una persona en situación de calle que «no molestaba a nadie» y estaba bien «en una carpa calentita»-, y luego añade: «una pelotudez». Manifestaciones como esa le molestan porque, además, van en el sentido opuesto de lo que él pretende: sacar a las personas de la calle y facilitarles un «dispositivo», dice él, que les brinde autonomía: de a dos, con una llave, donde algunos puedan ir con su perro y lo puedan dejar en un canil.

Sabe que el invierno recién comienza, pero se ha reunido con el ministro Jorge Larrañaga y el presidente de ASSE, Leonardo Cipriani, para instrumentar políticas públicas que apunten a desarmar a los reclusos en las cárceles y a ir hacia el «consumo cero» de drogas una vez fuera. Bartol tiene un objetivo claro: dirigir políticas que hagan que la gente sea más feliz. 

-De chico, ¿qué quería ser cuando fuera grande?

-Ingeniero. Tenía dos tíos ingenieros y como me iba bien en matemáticas lo pensé, pero en bachillerato ya no me fue tan bien en matemáticas (hice hasta sexto de Ingeniería) y cambié.

-¿Cómo nace su creencia en Dios? ¿Hubo algún episodio puntual o nació en una familia de creyentes?

-Nací en una familia de creyentes, sobre todo mi madre, pero mis abuelos también lo eran, así que te diría que nací en el entorno natural de una familia de creyentes.

-¿Nunca tuvo una crisis en la creencia, o un conflicto con Dios?

-No, nunca lo tuve. Sé que mucha gente lo ha tenido, pero yo no.

-¿Y por qué integrar el Opus Dei? Porque una cosa es creer en Dios, ir a la Iglesia los domingos y otra integrar esa institución.

-Lo que te pasa en estos casos es que conocés gente que lleva una vida muy atractiva y en un momento te planteás: «¿Y por qué yo no?». Ves gente fantástica y la querés imitar. Yo iba por actividades de formación cristiana, y veía gente del Opus Dei y pensaba: «Pah, qué gente fantástica, me gustaría ser igual a ellos el día de mañana».

-¿Pero por qué? ¿Cuáles eran esos atractivos?

-Una manera de cómo te tomás las cosas, el sentido positivo de la vida, el sentido aventurero de la vida, el estar para lo que necesiten los demás. Veía gente que estaba para lo que necesite el otro. La generosidad de esos tipos me resultaba muy atractiva. Había un ingeniero, Pablo Ortega, que murió joven con 52 años que cuando yo tenía 16 o 17 años lo acompañaba a Maroñas a enseñar catequesis, y me resultaba un tipo fantástico, generoso, buen tipo. Era un modelo. Yo quería ser como él, tener una vida como la de él.

-También es una vida de muchos sacrificios, tanto en la actividad sexual como por la mortificación corporal con el cilicio…

-Sí, es así. Pero no le das un peso en tu vida que te haga decir: «No, che, es una vida muy sacrificada». Es como para cualquier padre de familia que cree que sus hijos son una carga, pero no son una carga tan grande como para arrepentirse de haberlos tenido. Cuando encargaron el hijo era todo novelería porque no sabía lo que era tener un hijo, pero cuando vino la carga del hijo, ¿se arrepiente? ¿Hubiera preferido no tener ese hijo? No. Efectivamente es una carga, dice: «qué laburo que da tener hijos a cargo y criarlos», pero no se arrepiente de tenerlos. Y esto es un poco lo mismo. Efectivamente llevo una vida sacrificada, a los ojos de otros, pero no se me ocurre decir: «Este sacrificio no vale la felicidad de todo lo que he logrado llevando esta vida».

-Usted fundó el centro educativo Los Pinos de Casavalle en 1997 -al que llegó por el Opus Dei- y allí estuvo hasta diciembre de 2018. ¿Cuántos niños y adolescentes pasaron por ese centro educativo, en un contexto complicado, mientras usted fue su director? 

-Jóvenes en capacitación laboral estaban arriba de 1.500, y pierdo la cuenta con los que pasaron por apoyo escolar y apoyo liceal. Pero más de mil seguro… o más. Sumando las dos cosas, más de 3.000 personas.

-¿Qué logros podría enumerar hoy, pasando raya de su actuación? ¿De qué se enorgullece?

-De que algo que en su momento parecía quijotesco, como empezar arriba de un basural, se pudiera soñar en un centro educativo que formara gente y las familias del barrio se comprometieran con la educación de sus hijos, que la gente tuviera una oportunidad de vida radicalmente distinta si no hubiera sido por ese lugar. Haber vencido los miedos que había en ese lugar, en Casavalle como lugar de riesgo, y haber estado 20 años. Al principio, para los que lo miraban de lejos era: «Che, ¿estás seguro? ¿Justo ahí? ¿No te estás jugando demasiado?» Esas eran las preguntas que me hacían todos mis amigos. Creo que haber vencido esos miedos iniciales es más meritorio que los últimos cinco años, cuando ya había logros que avalaban la decisión y confirmaban que era un buen lugar y habíamos sacado adelante gente.

Fuente montevideo portal

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