«Denlos por muertos a todos, menos a los uruguayos»

El día en que iba a morir, Juan Hohberg todavía jugaba al fútbol en blanco y negro. Con Uruguay, la patria que lo adoptó aun siendo argentino de nacimiento, se preparaba para jugar la semifinal del Mundial contra Hungría. Sentado en la banca, cubierto de la intensa lluvia que caía sobre la cancha, vio los dos goles que dejaban a su gente por fuera de la Copa.


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Juan entró a la cancha y metió el descuento. Solo un gol más y habría prórroga para el sueño. A cinco del final, después de gambetear al arquero húngaro, otra vez Juan, otra vez Hohberg, con un derechazo agónico, empató el partido.

P U B L I C I D A D


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Consagrado héroe, Hohberg alzó los brazos y corrió para encontrarse con el abrazo divino de todos sus compañeros. Uno por uno se abalanzaron sobre el cuerpo que cayó en el césped y con el último suspiro de vida que quedaba en sus pulmones gritó gol. El corazón, más uruguayo que nunca antes en su vida, se frenó y dejó de latir. Juan Hohberg murió ahogado por el grito de gol.


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Y quince segundos después, ese mismo corazón –más uruguayo que cualquier otro en la historia– recobró la marcha y volvió a latir. Juan Hohberg resucitó, volvió de la muerte en plena cancha y siguió jugando, persiguiendo la victoria.

P U B L I C I D A D



Denlos por muertos a todos, menos a los uruguayos, que eso de la garra charrúa no lo dicen por qué sí.

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